“Lo bello del desierto es que en algún lugar esconde un pozo”. El Principito fue el primer libro que me regalaste. Recuerdo que te pregunté que si esa frase se refería a La Mancha porque en aquellos tiempos casi todos anhelaban 20 fanegas de viña con casa y pozo.

No era necesario viajar a desiertos muy lejanos para comprobar los rigores de un verano extremo. La época de siega y esos campos de Castilla, a punto de ebullición, despojados de cualquier concesión a un verso de Machado, convertían la sombra de un remolque en un pedacito de cielo en la tierra. Tras apoyar la espalda en una de las ruedas, el silencio. Esos silencios que sólo entienden los hombres y mujeres del campo. Secos y ensimismados. Interrumpidos de forma puntual por el sonido de una cerveza helada a su paso por la garganta. Nunca he vuelto a escuchar ese garganteo en ningún lugar del mundo. Debería ser declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad: el primer trago de una cerveza helada durante un día de faena en el campo a 40 grados. Incluso en alguna ocasión, mientras disfrutaba de esos momentos, fantaseaba con la idea de cada sombra de remolque fuera un espacio patrocinado por Mahou 5 estrellas.

Tuvo que ser un manchego el que elevara estos momentos a la categoría de arte. Hiperrealismo lo llamaron. Antonio López le quitó pomposidad al término y lo dejó en un intento de reflejar lo cotidiano sin la parte de vulgaridad que siempre lleva aparejada la realidad. Y eso requiere paciencia y quietud. Difícil en la era google, en la que casi todos queremos millones de respuestas en apenas 0,36 segundos.

Todo ha evolucionado mucho desde entonces. Ahora, una familia numerosa puede pasar una semana de vacaciones dentro una cosechadora de última generación y verse sólo para cenar. Sin embargo, la queja por los bajos precios del cereal sigue siendo marca de la casa. Con la diferencia de que, ahora, una campaña corta ya no te asegura unos precios al alza. Mientras que un cerealista de Corral de Almaguer se queja amargamente en el bar de la plaza, en Chicago un agente de bolsa acaba de reservar una suite con vistas y un par de prostitutas de lujo para celebrar los miles de dólares que ha ganado a su costa en el mercado de futuros de materias primas agrícolas.

Ya ves, allí no separan el trigo de la paja y les va bien. Lo denominan globalización financiera, una especie de casino a gran escala en el que se pueden amasar verdaderas fortunas sin llenarte las botas de polvo: 8 de cada 10 agentes bursátiles que negocian con cereales no quieren hacer pan. Tercera persona del plural del verbo especular.

Se supone que teníamos que producir para las personas no para los accionistas. Hay veces que yo tampoco entiendo nada. Cuando me pasa eso, busco una buena sombra, pido una cerveza bien fría y llevo al extremo eso que decía Rilke; la verdadera patria del hombre es su infancia.

 

Uno se da cuenta de que esto de la vida va en serio cuando una gélida mañana de enero, al alba, y sin viento fuerte de levante, un sarmiento escarchado impacta bruscamente en tus narices. En el “gran viñedo del mundo” casi todos teníamos algún “petit terroir” y un padre de inspiración merkeliana al que ayudar los sábados.

El preceptivo paso por el bar a las 7 de la mañana era parte del protocolo. Y allí estaban ellos, los viejos viticultores manchegos, con su café, copa y puro como si levantarse cada día para ir al campo fuera motivo de celebración. Era parte de un guión vital establecido, heredado de sus padres y abuelos, con la diferencia de que ellos nacieron, crecieron y se reprodujeron en medio de una dictadura. Les acabó gustando lo único que pudieron elegir: conseguir el mayor número de kilos de uva  de una cepa de vid en una tierra cuyo significado etimológico es “la seca”.

Su pasión, su vida, sus 366 días al año. Su mayor deshonra; un hijo vago, de esos que apoyan el codo en la rodilla mientras vendimian. Su mayor virtud; esfuerzo, sacrificio y pragmatismo abrumador. Acabaron siendo excelentes en la materia, convirtiendo incluso sus escasos ratos de ocio en acaloradas brainstorming vitícolas en torno a una baraja y un tapete verde. Crearon su propio argot al margen de los enrevesados términos agronómicos para describir aquellas plantas más productivas, las técnicas de laboreo y poda más efectivas y el tipo de abono más adecuado. Y solucionaron uno de los problemas endémicos de esta tierra. Con la “fiebre del pozo” se acabaron las recurrentes pérdidas por sequía. 

¿Los mejores viticultores del planeta en el mayor viñedo del mundo? Quizá no tanto, pero sí los que supieron optimizar al máximo sus escasos recursos. Los “sin marketing”. Los “CR7 de la viticultura”, (muy productivos, con escasa predisposición para el trabajo en equipo),  pero con una imagen de marca de lateral izquierdo peleón de 2ª Regional.  Ante el mundo y ante la propia sociedad castellano-manchega.

Se equivocó La Mancha en denostar su esencia, en renegar de sus orígenes, en repetir una y otra vez que la viña era terreno abonado para los más lerdos, en querer contar su historia a través de una obra de gran calidad literaria pero que trasladaba al mundo una imagen de hidalgos locos y labradores ignorantes, en apostar por gigantes imaginarios cuando los de verdad estaban en la tierra. En definitiva,  en considerar ordinario aquello que hoy el mercado ensalza como extraordinario y diferenciador: una rica tradición vitícola y el know-how centenario de sus viticultores. 

Lo dijo Manuel Vázquez Montalbán, "un pueblo que no consume su vino tiene un grave problema de identidad”.